Supervivientes del suicidio: cómo sostener la vida cuando el apoyo inicial se apaga

En psicología, se llama supervivientes del suicidio a las personas que atraviesan la muerte por suicidio de alguien cercano. En algunos contextos, este término también se utiliza para quienes han sobrevivido a un intento de suicidio, pero, en este artículo, nos centraremos en el duelo por suicidio, es decir, en quienes han perdido a alguien de esta forma. Los primeros días acostumbran a estar llenos de presencia y movimiento: llamadas, visitas, gestiones, acompañamiento familiar, contacto con recursos sanitarios o asociaciones. El entorno se activa para sostener. Sin embargo, cuando esa primera ola baja y la vida de los demás vuelve a su ritmo, empieza una fase especialmente delicada. Este artículo se centra en ese tramo, en cómo sostener la vida cuando el apoyo se vuelve menos visible y el duelo empieza a ocupar más espacio.

Un duelo con elementos específicos

Toda pérdida duele, pero el duelo por suicidio tiene implícitas características propias que lo vuelven especialmente complejo. Una de ellas es la culpa, junto a la necesidad insistente de entender lo sucedido. La mente repasa señales, conversaciones y decisiones, y construye escenarios alternativos como si al encontrar una explicación pudiera devolver una sensación de control. En realidad, esa búsqueda suele ser un intento del cerebro de intentar ordenar lo vivido, que es imprevisible y doloroso. Otra capa frecuente es el estigma. No siempre aparece como rechazo, sino en forma de silencio, incomodidad o evitación del tema. Eso puede dejar al superviviente aislado justo cuando más necesita palabras y compañía sostenida. En algunos casos, también se añade una huella traumática, sobre todo si hubo exposición a detalles impactantes. Entonces el dolor no solo es tristeza, también puede manifestarse como activación corporal, hiperalerta o recuerdos que irrumpen sin permiso.

La segunda ola: del shock a la realidad cotidiana

Durante las primeras semanas es habitual funcionar en automático. Hay tareas urgentes, decisiones y una presión implícita por sostenerse y sostener a otros. Esa actividad puede amortiguar el impacto, como una anestesia que permite seguir adelante. Semanas después llega la segunda ola: disminuyen los mensajes, se reducen las visitas, la vida social de los demás se normaliza. Por dentro, en cambio, el duelo empieza a desplegarse con más claridad. Puede aparecer la sensación de estar fuera del mundo, de que lo sucedido es demasiado grande para el día a día. Experimentar emociones intensas en esta no significa retroceder; muchas veces indica que finalmente hay espacio para sentir.

Oscilar es parte de la adaptación

Un marco útil en psicología del duelo es el Modelo de Proceso Dual, propuesto por Stroebe y Schut, que describe la adaptación al duelo como un movimiento entre dos orientaciones. Por un lado, está la orientación a la pérdida, que incluye recordar, llorar, hablar, echar de menos y enfrentarse a la ausencia. Por otro lado, está la orientación a la restauración, que implica rutinas, roles, identidad, tareas prácticas y momentos de desconexión. La clave es que no se trata de elegir una sola, sino de oscilar entre ambas. En la práctica, esto se traduce en algo tranquilizador: tener días “buenos” y luego volver a hundirse no es retroceder, es parte del proceso. También lo es necesitar pausas para descansar del dolor, es parte del movimiento natural de adaptación. Al fin y al cabo, lo importante es que la oscilación sea tolerable y no se convierta en una prisión: ni evitando todo lo relacionado con la pérdida, ni quedándose atrapado en una rumiación que impide reconectar con la vida cotidiana.

Cuatro anclajes para sostenerse cuando el apoyo disminuye

El primer anclaje es transformar el apoyo espontáneo en apoyo programado. Cuando la energía está baja, pedir ayuda de forma abstracta se vuelve difícil, por eso funcionan mejor acuerdos pequeños, concretos y repetibles, como una llamada semanal o un paseo fijo. El segundo anclaje es abordar la culpa sin discutir con el amor. Puede ayudar preguntarse qué información se tenía en ese momento, qué dependía realmente de uno y qué no, y qué exigencia le pondríamos a una persona querida en la misma situación. El tercer anclaje es crear conversaciones seguras. No todas las personas saben acompañar, así que conviene elegir a dos o tres personas con las que se pueda decir sin miedo: no necesito soluciones, necesito presencia. El cuarto anclaje es recolocar a la persona fallecida en la propia vida sin convertirla en un tabú. Integrar recuerdos en dosis manejables, a través de un ritual o con anécdotas compartidas, esto permite que el vínculo exista sin arrasar el presente. La persona fue más que su final, y recordarla también puede incluir eso.

Acompañar más allá de la primera semana

Para familiares y amigos, el gesto más terapéutico suele ser la continuidad. Un mensaje semanas después, una propuesta concreta o la capacidad de tolerar silencios valen más que cualquier frase hecha. Nombrar a la persona fallecida con respeto y preguntar cómo prefiere ser acompañado reduce el aislamiento. Al final, sostener el “después” consiste en algo sencillo y profundo: permanecer cuando ya no hay urgencias y acompañar para que el duelo no se viva en soledad.

Si en algún momento aparecen ideas de suicidio o sientes que no puedes mantenerte a salvo, busca ayuda inmediata. En España puedes llamar a la Línea 024 (atención a la conducta suicida) o al 112 si hay una urgencia. También puede ser útil el Teléfono de la Esperanza 717 003 717 o en caso de menores de edad Teléfono ANAR 900 20 20 10.

IGUALDAD DE GÉNERO

En coherencia con el valor asumido de la igualdad de género, todas las denominaciones que en este documento hacen referencia a personas y se efectúan en género masculino, cuando no hayan sido sustituido por términos genéricos, se entenderán hechas indistintamente, según el género de la persona que los desempeñe.

En Ohana Psicología contamos con una gran variedad de libros que podemos recomendar para complementar o para abordar ciertas áreas en los procesos terapéuticos de cada uno.

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